El chavismo representa el pensamiento político e ideológico proyectado por el carismático presidente Hugo Chávez, que irrumpió en Venezuela en 1999 prometiendo una "revolución bolivariana" contra la desigualdad social, con programas sociales, nacionalizaciones y el antiimperialismo como banderas frente al gigante norteamericano Estados Unidos.
Durante más de dos décadas este movimiento política ha transformado el país, donde redujo inicialmente la pobreza gracias al boom del petróleo de esos años, pero progresivamente fue derivando hacia un autoritarismo personal que desembocó en una descabellada hiperinflación, un éxodo masivo de millones de personas y acusaciones de corrupción y represión política, con falta de libertades bajo el aparente velo de un Estado democrático.
Tras la repentina muerte de Chávez, Nicolás Maduro fue su sucesor directo desde 2013, periodo en el que el movimiento izquierdista se fue endureciendo progresivamente, enfrentándose a sanciones internacionales y a una crisis humanitaria.
En enero de 2026 se produjo un dramático giro: una operación militar estadounidense capturó a Maduro, abriendo un periodo de incertidumbre. Desde ese momento, todas las interrogantes están abiertas, sin tener una respuesta clara: ¿Será el fin del chavismo o su reinvención con nuevas figuras como Delcy Rodríguez, bajo las directrices de Estados Unidos?
Venezuela se enfrenta más que nunca a un punto de inflexión histórica, entre la esperanza de transición democrática y los riesgos de inestabilidad y cronificación de su actual estado de convivencia y falta de libertades.
En este artículo veremos cómo ciertos ciclos planetarios han estado presentes como ciclos afines desde el mismo momento del nacimiento del impulsor ideológico del chavismo, Hugo Chávez, hasta la captura de su sucesor, Nicolás Maduro.
El proceso chavista, desde el nacimiento de Hugo Chávez en 1954 hasta el cierre del ciclo político en 2026, puede explicarse de forma coherente mediante la reiteración de tres ciclos planetarios dominantes que actúan de manera encadenada y funcional. No se trata de una suma de coincidencias, sino de una secuencia estructural en la que cada ciclo cumple una tarea precisa dentro del mismo fenómeno histórico. El eje de todo el proceso es el ciclo Urano–Neptuno, que aparece de forma constante en los momentos de ruptura del orden previo, de disolución institucional y de pérdida de referencias normativas. Este ciclo no construye poder ni organiza un sistema estable; lo que hace es erosionar el marco existente, vaciar de contenido las reglas y generar un terreno político fluido, ambiguo y maleable. Por eso está presente tanto en los intentos de golpe de 1992 como en la convocatoria de la Asamblea Constituyente de 1999, en la crisis posterior a la muerte de Chávez y en la ruptura definitiva del orden constitucional con la Constituyente de 2017. Sin este ciclo, el chavismo no habría podido existir, porque su condición previa fue siempre la descomposición del Estado liberal venezolano y la sustitución de la legalidad por situaciones excepcionales.
Sobre ese terreno disuelto actúa el segundo ciclo clave, Júpiter–Urano, que es el más frecuente en número y explica la dinámica de irrupción política del chavismo. Este ciclo aparece en los momentos en los que Chávez y luego Maduro logran saltos rápidos, inesperados y difíciles de frenar: la salida de prisión, la victoria electoral de 1998, la reiteración de triunfos electorales, la fundación de nuevas estructuras partidistas o la capacidad de rehacerse tras derrotas parciales. Júpiter aporta legitimación, expansión y cobertura simbólica; Urano introduce ruptura, aceleración y sorpresa. El resultado es una política de hechos consumados, donde los cambios se producen antes de que el sistema tenga tiempo de reaccionar. Este ciclo no garantiza estabilidad, pero sí movimiento constante, lo que explica por qué el chavismo avanzó incluso en contextos de crisis económica o aislamiento internacional.
El tercer pilar del proceso es el ciclo Júpiter–Plutón, que aparece siempre que el chavismo deja de competir y pasa a ejercer el poder de forma plena. Este ciclo se manifiesta en la Asamblea Constituyente de 1999, en la aprobación de la nueva Constitución, en el referéndum revocatorio, en las reelecciones presidenciales y, de forma especialmente clara, en la Constituyente de 2017. Aquí ya no se trata de irrupción ni de relato, sino de concentración de autoridad, control de las instituciones y sometimiento de los contrapesos. Júpiter amplía el marco de legitimación; Plutón impone, centraliza y elimina resistencias. Cuando este ciclo domina, el sistema se cierra y la salida política se vuelve cada vez más difícil.
La lógica completa del chavismo se entiende, por tanto, como una secuencia reiterada: primero Urano–Neptuno deshace el orden existente y debilita la legalidad; después Júpiter–Urano impulsa la irrupción, el avance rápido y la legitimación súbita; finalmente Júpiter–Plutón consolida el poder y transforma la excepcionalidad en norma. Esta combinación explica tanto el ascenso, como la persistencia y la deriva autoritaria del sistema, así como su progresivo agotamiento cuando los ciclos de disolución y concentración ya no generan renovación, sino bloqueo. En ese sentido, el chavismo no fue un accidente histórico, sino un proceso coherente sostenido por la repetición de estos tres ciclos a lo largo de más de siete décadas.











