El universal y genuino escritor canario Benito Pérez Galdós nació en ciudad de Las Palmas de Gran Canaria el 10 de mayo de 1843 a las 15 hrs. En este prolífico hombre, tímido, de contenidas palabras y de mirada esquiva, se escondía el observador literario más voraz de nuestra historia. Pérez Galdós no solo escribió libros; caminó las calles hasta gastar las suelas de sus zapatos para captar el latido de la ciudad de adopción: Madrid, que era, en realidad, el corazón de toda España. Con la timidez de quien prefiere escuchar a ser oído, se infiltró en los cafés, en los mercados y en los hogares humildes para rescatar del olvido la voz de los invisibles. Supo ver que la verdadera epopeya de un pueblo no reside solo en los grandes monarcas y hombres ilustres, sino en el heroísmo cotidiano de quien sufre, ama y resiste. Galdós fue el espejo donde España se miró por primera vez sin máscaras, un alma sensible que transformó la observación en arte y la piedad en justicia, recordándonos que incluso en nuestra mayor miseria, reside una dignidad inquebrantable.
Benito Pérez Galdós fue el décimo y último hijo de una familia acomodada, su infancia estuvo marcada por la disciplina de su madre, Dolores Galdós Medina y la fascinación por las historias militares de su padre, Sebastián Pérez Macías, un militar que había luchado en la Guerra de la Independencia contra los franceses (de ahí la pasión de Benito por contar la historia de España).
En septiembre de 1862, con tan sólo 19 años se trasladó a Madrid para estudiar Derecho por decisión de su madre, pero la atmósfera bohemia y los debates en los cafés capturaron su interés más que los códigos legales. Allí comenzó su verdadera formación como observador incansable de la fauna urbana y la realidad política de España.
Su carrera literaria despegó con La Fontana de Oro (1870), iniciando una producción monumental sin parangón en la lengua española. En 1873 comenzó los Episodios Nacionales, una ambiciosa serie de 46 novelas históricas que buscaban narrar la historia de España en el siglo XIX, desde la batalla de Trafalgar hasta la Restauración, humanizando los hechos bélicos y políticos a través de personajes comunes. Galdós logró que la historia fuera accesible para el pueblo, convirtiéndose en el gran cronista de la memoria colectiva española.
Como máximo representante del Realismo y con incursiones en el Naturalismo, Galdós alcanzó su madurez en la década de 1880 con las "Novelas españolas contemporáneas". Obras maestras como Doña Perfecta, Miau y, sobre todo, Fortunata y Jacinta (1887), su obra cumbre, que ofrecen una radiografía social inigualable del Madrid decimonónico. Sus personajes, dotados de una profundidad psicológica extraordinaria, reflejan las tensiones entre tradición y progreso, religión y laicismo, y las penurias de la clase media y el proletariado.
En su etapa final, su obra se tornó más espiritual y simbólica, con títulos como Nazarín y Misericordia (1897), donde exploró la caridad y la santidad en medio de la miseria. También triunfó en el teatro, destacando el estreno de Electra (1901), que provocó una auténtica tormenta política por su carga anticlerical.
A pesar de su inmensa popularidad y su ingreso en la Real Academia Española, su compromiso político con el republicanismo y sus ataques a la hegemonía de la Iglesia le granjearon enemigos poderosos, quienes boicotearon su candidatura al Premio Nobel en 1912. En sus últimos años, la ceguera y los problemas económicos ensombrecieron su vida, aunque nunca perdió el afecto del pueblo. Falleció en Madrid el 4 de enero de 1920; su entierro fue una manifestación multitudinaria, con más de 30.000 ciudadanos acompañando el féretro del hombre que mejor supo leer y plasmar en palabras el alma de España.











